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TRATAMIENTO NATURAL CONTRA LA DIABETES
Una Alimentación coherente para el diabético
Es evidente que el diabético habituado a racionar sus alimentos, a desconfiar de los unos y a temer a los otros, sólo puede adoptar un régimen alimenticio más adecuado después de un período de adaptación progresiva que será más o menos prolongado en función de la duración del régimen restrictivo.

No hace falta recordar la necesidad de obrar con prudencia en esta materia. El interesado debe comprender que un organismo enfermo carece de flexibilidad y que le faltan las capacidades de adaptación del cuerpo cuyas funciones son normales. Tantas prohibiciones y prevenciones no pueden menos de dejar huellas en el psiquismo del enfermo, que experimentará muchas dificultades para adaptarse. Antes de adoptar un nuevo modo de vida es preciso haberlo comprendido y asimilado, y sólo después de someter los datos anteriores a la prueba de la reflexión y la intuición se podrá emprender con éxito esta nueva vida.

Habida cuenta del peligro simultáneo, de una carencia de glucosa asimilable y de una acidificación de los humores, se escogerán, en primer lugar, los azúcares que no precisen de la secreción pancreática para ser transformados; y en segundo lugar, los alimentos básicos. Deben considerarse además otros elementos, que no podemos descuidar. Hay alimentos que son, a la vez, remedios terapéuticos, debido al estímulo que producen en ciertas funciones particularmente importantes. Así, la cebolla y la escarola estimulan la función pancreática, y la alcachofa contiene insulina, azúcar invertido que no necesita del jugo pancreático.

El hisopo contribuye a reducir la glucosuria, lo mismo que la remolacha de mesa, que gracias al magnesio que contiene actúa favorablemente sobre los riñones. Como el diabético tolera mejor la levulosa que la glucosa, puede darse la prioridad entre los frutos a la fresa y al melocotón. El berro y las cerezas, así como los agrios (limón, naranja, pomelo), son muy bien tolerados. Las nueces y avellanas, que contienen muy pocos hidratos de carbono, pueden ser asimilados muy fácilmente. Las aceitunas negras actúan favorablemente sobre el hígado y aportan su aceite natural asociado a muchos otros elementos útiles.

La patata es aceptable si no está saturada de abonos potásicos. Un alimento recomendable es la cebada, cuyo germen contribuye a reducir la tasa de glucosa. Sabemos que el déficit de la secreción pancreática no permite ciertas transformaciones de los almidones, que pueden entonces dar origen a productos ácidos y tóxicos. Parece, pues, razonable desaconsejar los cereales a los diabéticos, en efecto, los diabéticos transforman con dificultad los cereales, pero, ¿qué cereales?: El pan blanco, las pastas blancas y otros derivados de una harina desprovista de algunos elementos esenciales; el arroz pulido, completamente desvitalizado; el almidón del maíz, etc., etc.

Como hemos visto, el diabético está expuesto a toda clase de complicaciones arteriales por la carencia de silicio. Dado que este mineral se encuentra justamente en la capa exterior de los vegetales —en particular de los cereales—, la necesidad de consumir cereales integrales resulta imperiosa. Por otra parte, los cereales integrales no son acidificantes, a diferencia de los que han sido cernidos. Sin embargo, es preferible excluir —al menos temporalmente— las legumbres (guisantes, judías, lentejas); primero, por razón de la dificultad de su asimilación por el organismo diabético; y además, porque son acidificantes. También deberán eliminarse las castañas, hasta tanto no se restablezcan las funciones normales.

De lo expuesto hasta aquí cabe concluir que la reforma de la dieta debe emprenderse con toda la prudencia, pero al mismo tiempo con decisión, y orientarse en el sentido ya explicado. La preocupación por aportar al organismo las sustancias que necesita para su funcionamiento, su construcción o su reconstrucción, nos encamina de modo natural hacia los alimentos integrales y vivos, aquellos que aportan a la vez las sustancias nutritivas y los elementos auxiliares necesarios para su buena utilización. La mayoría de los vegetales parecen ajustarse a estas condiciones. Se deben consumir, de ordinario, en estado crudo y, a ser posible, sin pelar, a fin de aprovechar el valioso silicio de su corteza.

¿Es posible determinar con precisión la cantidad de cada clase de alimento que debe estar presente en la comida? El afán de fijar una pauta estricta no se concilia con las fluctuaciones de la vida y de sus condiciones. ¿Cómo tener en cuenta, a la vez, el valor absoluto de un alimento y el uso relativo que puede hacerse del mismo? Demasiadas circunstancias escapan al control para que sea posible determinar el volumen más conveniente de la comida y la distribución de sus componentes.

Si el estado prediabético o diabético latente deja aún margen suficiente para la experimentación, no ocurre lo mismo cuando el organismo ha tenido que hacer el esfuerzo de acomodación a un nuevo y precario equilibrio biológico. Las modificaciones de la dieta deberán ser entonces lentas, prudentes y escalonadas, pasando de una a otra etapa sólo cuando la primera ha sido bien tolerada. Puede mantenerse la misma cantidad de cada alimento y modificarse únicamente su calidad. Sólo posteriormente se estudiará la incorporación —o reincorporación— de los alimentos excluidos en función de la evolución del enfermo.  

Alimentos recomendados para el diabético

 
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