|
|
|
La frecuencia con que se producen roturas de huesos
es tal, que el término con el que se las denomina –fracturas– ha
trascendido el campo médico para incorporarse al vocabulario común. Las
fracturas se clasifican en dos grandes grupos: las cerradas, o simples,
y las abiertas, o complicadas. En las cerradas, el hueso roto puede
lesionar parte del tejido blando que lo rodea, pero no perfora la piel;
en las abiertas, por el contrario, el hueso fracturado atraviesa los
tejidos adyacentes y la piel, y llega al exterior, lo que conlleva la
posibilidad añadida de que se produzca una infección.
CAUSAS
Así como son múltiples los tipos de fracturas que se engloban dentro de
estas dos categorías, también son múltiples las causas que las provocan.
Entre las más comunes se encuentran las caídas, los traumatismos y la
osteoporosis. Los huesos que presentan mayor incidencia de
fractura, al caerse una persona, son las muñecas, los tobillos y las
caderas. La fractura de las primeras aventaja a la de las otras dos en
cuanto que el paciente, aunque limitado el movimiento de la mano
afectada por la inmovilización temporal, puede seguir cumpliendo todas
sus funciones con bastante normalidad, incluida la asistencia al
trabajo. Las otras implican una mayor limitación para el desempeño de
las funciones habituales, sobre todo la fractura de cadera, puesto que
atañen a la posibilidad de caminar. Las producidas por osteoporosis
ocurren, casi con exclusividad, entre los ancianos, cuyos huesos pierden
solidez con la edad y se tornan más frágiles, por lo que son
susceptibles de fracturarse sin que medie traumatismo alguno.
CONSECUENCIAS Y
COMPLICACIONES
Las numerosas complicaciones que puede ocasionar la rotura de un hueso,
algunas de carácter irreversible, guardan estrecha relación con el tipo
de fractura de que se trate; entre ellas destacan, con frecuencia
variable, las vasculares, las nerviosas y las articulares, la necrosis
ósea, la miosotis osificante y los trastornos tróficos postraumáticos.
Las complicaciones vasculares pueden revestir gravedad, pues si bien es
cierto que un espasmo arterial puede superarse con la reducción de la
fractura, una lesión mayor, como un desgarro, puede originar una
gangrena isquémica que, de modo irreversible, conducirá a la amputación
del miembro afectado, o de una parte de él. Las nerviosas, que exigen el
examen cuidadoso de la motilidad y sensibilidad del nervio o de los
nervios implicados, son menos frecuentes. Por el contrario, en las
articulares, se producen adherencias que, con el tiempo, originan
artritis o artrosis, que son enfermedades causantes de diversos grados
de limitación de la movilidad. Las necrosis óseas, menos frecuentes,
suelen producirse cuando la fractura es conminuta, es decir, cuando el
hueso se astilla, y son, en general, motivo de intervención quirúrgica.
Las atrofias postraumáticas, producidas casi siempre por no haberse
tratado de modo correcto la fractura en el momento de producirse,
exigen, entre otras cosas, infiltraciones, anabolizantes y ejercicios de
recuperación funcional durante un tiempo considerable y, a veces, las
secuelas pueden llegar a ser de carácter permanente.
PRIMEROS AUXILIOS
Cuando se está ante una fractura es esencial lograr la completa
inmovilización de la zona afectada, ya que el movimiento o el
desplazamiento de la zona de la fractura puede agravar de modo
considerable la lesión producida por la propia fractura, así como el
intenso dolor que casi siempre la acompaña. Si se trata de una fractura
en los miembros superiores, el sujeto que la padece podrá ponerse en
pie, siempre y cuando pueda mantener inmóvil el miembro afectado, pero
si es una fractura de un miembro inferior no podrá andar y, si no se
tiene el recurso de una ambulancia, su traslado debe hacerse con un
cuidado extremo, intentando siempre no variar su postura.
TRATAMIENTO
Una vez llegado al centro hospitalario, el paciente será sometido al
tratamiento habitual de las fracturas, que se basa en tres conceptos
fundamentales conocidos como las tres erres: la reducción, la retención
y la reeducación. En consecuencia con esta regla, se le hará, en primer
lugar, la reducción inmediata y perfecta, ya sea por maniobra manual o
por intervención quirúrgica, para evitar cualquier desviación del hueso;
en segundo lugar, se procederá a la inmovilización total de la zona
afectada por la fractura mediante la aplicación de yeso o escayola,
indispensable para que entre los extremos fracturados se forme el callo
óseo, soldando el hueso; y, por último, la recuperación funcional, para
la que están indicados determinados ejercicios según la zona afectada
por la fractura. El control de la evolución se hará, en todos los casos,
mediante radiografías.
Pese a que el tratamiento señalado es el que se aplica con mayor
frecuencia, hay ciertas fracturas que, debido a sus características
propias o a las que presenta el paciente, deben ser reducidas por medio
de la tracción mecánica, o fijadas por medios quirúrgicos con la
implantación de clavos; otras fracturas, como las craneales, revisten
mayor gravedad en cuanto que pueden afectar de forma directa al cerebro,
en cuyo caso la intervención quirúrgica obligada se cuenta entre las
operaciones más delicadas que pueden llevarse a cabo.
CONTINUAR
|
|